24 de julio de 2022

La confusión que genera en el cerebro las fakes news

Nuestro cerebro odia la incertidumbre. Necesita certezas para moverse en el mundo que habitamos y así contribuir a qué nos mantengamos vivos ante los peligros que nos acechan.

Nuestro cerebro odia la incertidumbre. Entre sus múltiples funciones, una de las principales es mantener la homeostasis: un estado de equilibrio entre todos los sistemas del cuerpo que se necesitan para sobrevivir y funcionar correctamente.

Por eso, desde que nacemos, el cerebro va construyendo un modelo mental de cómo funciona el mundo en términos sociales, físicos o sensoriales. Sin este modelo, nuestra permanencia en la Tierra sería probablemente bastante corta. A medida que crecemos, todos estos aspectos de este modelo se configuran estableciendo información clave: bueno, malo; correcto, incorrecto, conveniente, inconveniente.

En tiempos de tensiones políticas, nacionales y mundiales, como las que vivimos hoy en Chile, en Ucrania o en Sri Lanka, nuestro cerebro se enfrenta a incertidumbre. Necesita de un modelo robusto para moverse adecuadamente en el mundo y cuando la información es incierta, el modelo que nos explica la realidad se debilita. Ante esto, busca permanentemente confirmación y, por lo tanto, refuerza aquellas cosas en las cuales la fuente parece “confiable”.

Para la estabilidad de nuestro cerebro, la responsabilidad de individuos con alto capital social (como las autoridades, los líderes de opinión o eventualmente los políticos) es fundamental. Muchas personas los consideran emisores confiables de información –por eso son influyentes, guste o no– pero desde la perspectiva del cerebro son vitales: entregan la confirmación para que el modelo se mantenga estable.

A través de noticias falsas, información parcial o verdades manipuladas, muchos discursos pueden llenar el vacío de certidumbre del modelo, que incluye aspectos de memorias pero también de maneras de pensar. El modelo se refuerza cuando encontramos información que coincide con esto, abriéndose posturas que van en esa sintonía, y se cierra a aquellas que difieren de nuestra manera de ver el mundo.

Debido a esto, las noticias falsas son tan efectivas, en especial en redes sociales: porque los sujetos tienden a mantenerse en un círculo de información que tiende a reforzar lo que piensa. Al cerebro le atrae la novedad, en la medida que esta refuerza nuestro modelo mental. En cambio, aquellas cosas que contradicen su manera de pensar le producen un conflicto cognitivo. Si esa verdad parcial proviene de una fuente con un estatus social importante, el impacto es doblemente efectivo.

Las “fake news” tratan de aprovechar esa necesidad de confianza del cerebro, de alimentarse de certeza para reducir la inestabilidad del modelo. Muchas veces apelan a las emociones negativas, apelando a sentimientos que se abran a confirmar los aspectos relacionados con la noticia: odio, miedo, entre otros. El cerebro no siempre evalúa si la información que llega es verídica o no. Es suficiente con que coincida con ciertas percepciones generales, favorezca un estado emocional en el que se sienta cómodo y provenga de una fuente confiable.

Nuestro cerebro es limitado en su capacidad de evaluar toda la información, entonces nos valemos de “proxys” para procesarla: “si alguien en el que confío repite algo, debe ser verdad”. El cerebro no siempre evalúa críticamente los mensajes que recibe, sino que los reduce a través de confiar en intermediarios presumiblemente verídicos (o que refuercen aspectos personales). Si uno sigue esta lógica puede entender cómo en los contextos sociales, políticos o económicos álgidos la información que fluye cumple con esos parámetros. Cuando se persiguen objetivos de fondo, poco importa si lo que se dice es verdad. Por eso es esencial para una democracia sana, practicar y ejercer el pensamiento crítico.


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